La teoría te pudre el cerebro.

Ya superados los debates político-ideológicos acerca del entorno inmediato, un tema anteriormente recurrente en este blog, se me presenta la incertidumbre acerca del como aprehender la realidad. En todos sus aspectos. ¿Cómo que esto es así? Tal vez no debería ser así, tal vez debería marcar una línea tajante entre mi vida cotidiana y lo académico. La tabula rasa, la mente en la cubeta, el sujeto trascendental, paradigmas y actor-red, las sutiles coincidencias entre la labor científica y la política,  son conceptos que me permiten explicarme históricamente el desarrollo del pensamiento humano a lo largo de  los últimos 400 años y, francamente, me parece delicioso. Excavar hasta las raíces mismas del conocimiento acerca de como nos percibimos, y a nuestro entorno.

Sin embargo, el problema viene cuando se trata de relaciones interpersonales. De ahi en adelante, todo se vuelve Freud y neurosis, Lacan y lo simbólico, Lipovetsky y el narcisismo posmoderno, Goffman y teatralidad. No lo puedo evitar, pienso así por default. Observo, callo, mido mis respuestas, pretendo provocar algo que me lleve mas allá de lo que dice esa persona, de lo que usualmente es, buscando al Otro en sus acciones, aquello o aquel que le ordenó determinada realidad. El problema es que en esas situaciones estoy tratando con personas que sienten y viven mas allá de cualquier estructura teórica, juego con ello, no lo voy a negar; a fin de cuentas creo que es lo que siempre busqué. Elaborar lo mas posible mis argumentos sobre ti.

Hoy tuve que enfrentarme a eso, una situación especialmente delicada que me limité a observar, callar e interpretar, hasta que no pude mas, hasta que me ahogué en mi búsqueda de conceptos y me mareé, tratando de explicar, tratando de negar que no podía con ello. Que la realidad no dejaba de ser mas amplia ante que cualquier adjetivo que le atribuyera, desbordante. Se me van las noches articulando balbuceos al respecto, usualmente discordantes con lo que debería de hacer.

Hace varios años conocí a un chavo, estudiante de Derecho y especialmente pretencioso cuyo “slogan” era “es un infierno ahí adentro”. Creo que acabo de entender a que se refería. Y al igual que hace un par de años, cuando llegué a México y me percaté de que no era tan inteligente como siempre creí ser, me emborracho, sintiéndome enano ante todo lo que me concierne.

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