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Forzosamente incompleto

Me formé, con lo que odio hacer filas y esperar quien-sabe porque ante una reja de malla ciclónica, al menos tenía los dedos tiesos por el frío, así ya sólo faltaba aplacar las piernas, la tripa y los suspiros; era inevitable escuchar a los hombres de fe que rogaban por nuestras almas. Ni había empezado a amanecer y ocasionalmente los murmullos eran ensordecidos por los camiones de dieciséis ruedas que cimbraban el suelo, cortando el horizonte a pocos metros de distancia; me pregunté que llevarían dentro, tal vez toneladas de químicos industriales, cocaína o ropa de paca. Ni forma de saberlo, a menos que me atravesara en la calle y amenace al chofer, pero no traía conmigo ni un triste palo de escoba.

La gente busca con quien platicar de cualquier pendejada cuando está formadita, ordenada y obediente. Ya lo rompiste, ya la cagaste, ahora te toca obedecer; regálame tu cuerpo unas horas, vas a levantar tu bolsa de carne a tal hora, a tal sitio y lo vas a colocar ordenadamente junto a las otras bolsas. Sigue siendo un precio muy bajo a cambio de la salvación. Saqué mi tablita de cristal esperando que la música aplaque los suspiros pero me sentí estúpido al momento de ponerme los audífonos. A veces sólo puede respirarse en el suspiro, era una de esas. Escuché la plática que tenían pero no me interesaba en lo mas mínimo, así que me alejé un poco para fumar un cigarro y ver a toda la gente que estaba ahí. Los que callaban, sentados en el suelo y completamente abstraídos me cayeron muy bien.

Empezó a moverse la fila, seguían los rezos y cada vez me acercaba mas a ellos. Me enfurecían, cada paso estaba mas cerca de ellos y de prenderle fuego a su mamotreto, pero apenas me alcanzó para  tirar al suelo un poquito de la propaganda que llevaban; miré fijamente a los ojos de la pinche Virgen, esperando una señal que indique con quien podría desquitarme. Supongo que están acostumbrados a esos desplantes.

No podía entrar solo y ella ya se había tardado, demasiado. La buscaba adentro, atrás, en la calle. Después de esa eternidad que algunos manejarían como “una hora” di media vuelta y me fui sólo para encontrarla justo de frente unos metros después.  Fue entonces que me dí cuenta de que todo era mentira. Una inocente, tal vez sin propósitos, que había llegado demasiado lejos.

El cuadro de la Virgen estaba siendo desmontado, ya no había lugar para las plegarias.

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